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Gibrán Ramírez Reyes

La migración no es un problema de nuestro tiempo, como está de moda decir, sino algo más parecido a un estado normal de la humanidad. 

Desde el fondo de sus tiempos, el fondo de la historia, la humanidad ha estado migrando. Así se han configurado todas las sociedades, el mundo todo. Se trata de un estado de flujo constante, infinito, que conoce de vaivenes, sin embargo.

Hubo una migración originaria, como es sabido. Y tenemos mejor noticia de otras, como el descubrimiento y poblamiento de América por parte de los europeos, que para unos fue eso, pero para quienes vivían en estas tierras se pareció más al recibimiento accidentado y forzado de migrantes, hoy diríamos que irregulares y agresivos.

El flujo nunca acaba. Podemos hablar de sus picos en los procesos tempranos y tardíos de colonización, en las guerras mundiales y en los procesos de modernización (que reconfiguraron sociedades en el interior de los estados y entre estos). El flujo nunca acaba, pero conoce también de momentos de contención intencionada. Durante el momento neoliberal del mundo, por ejemplo, se favoreció el libre flujo del capital y las mercancías, pero se reprimió el de las personas. Muchos estados continuamos, incluso intensificamos esa inercia, pero la dinámica migratoria social ha arreciado, más allá de lo que los estados mismos pretendan. No acabará. Se trata de un conjunto de factores estructurales unidos al ya mencionado estado de constante flujo.

Así podemos explicarnos este momento, como uno de tránsito que derivará en otras sociedades y en otro mundo, que cambiará algunas de las tendencias demográficas y también algunas prácticas culturales en las naciones, como ha pasado siempre. Los estados pueden plantar cara a la situación o seguir intentando cambiar las dinámicas más antiguas de la humanidad, caso en el que seguramente fracasarán. Ha sido únicamente la circunstancia de la historia la que ha determinado que algunos países aparezcan como receptores y otros como expulsores, pero carece de sentido que en ello centremos la discusión. Todos, y especialmente los estados más fuertes, somos corresponsables de lo que pasa en el sistema-mundo.

Los años que siguen y las respuestas sociales y estatales a este pico que algunos llaman crisis migratoria marcarán una tendencia: se hablará siempre de bienestar para los pueblos, pero terminará por prevalecer el bienestar excluyente (derivando en la reconfiguración en naciones más desiguales) o el bienestar incluyente. Es responsabilidad de todos los promotores de los derechos humanos, y en caso nuestro de las instituciones encargadas de garantizar la seguridad social, pensar en escenarios que permitan aprovechar las bondades de la migración, enfatizar las experiencias exitosas y plantear políticas incluyentes y corresponsables entre estados. Se trata, en el fondo, de una discusión política, pero sin el componente técnico las respuestas nada valdrán. Si no lo logramos, la necedad contraria a la historia lleva las de ganar. Continuemos la conversación.

Gibrán Ramírez Reyes
Secretario General de la CISS